Muchos cristianos algún día se preguntarán, o alguien les preguntará: “¿Qué pasa con las personas que murieron sin tener la oportunidad de oír el evangelio, que nunca llegaron a poner su fe en Jesús? ¿Serán salvas o serán condenadas?”. Han existido, y sin duda todavía existen, tribus y pueblos en los lugares más remotos de la tierra a los que nunca se les ha presentado el evangelio. E incluso hay países civilizados donde la religión predominante nunca ha sido el cristianismo (durante siglos), y por eso muchos han vivido toda su vida sin oír jamás el nombre de Jesús. ¿Qué pasa con esas personas?
Quién es Dios… y lo que nosotros no somos
Una de las primeras cosas que debemos recordar al intentar responder esta pregunta es que servimos a un Dios bueno (Salmos 86:5). Nuestro Dios es un Dios de amor (1 Juan 4:8), de misericordia (Efesios 2:4) y de justicia (Deuteronomio 32:4; Isaías 30:18): ama a toda Su creación, tiene misericordia y compasión, y siempre hace lo correcto (Salmos 145:8-9). Dios nunca haría algo malo o injusto, porque no puede ir en contra de Su propia naturaleza. Dios es el ser personal más grande que se pueda concebir, que se preocupa profundamente por todos nosotros y quiere que todos sean salvos (1 Timoteo 2:4). Con esto en mente, también debemos tener en cuenta algunos otros hechos…
Nosotros no somos Dios y, por lo tanto, no podemos amar, tener misericordia ni ser justos a la perfección. Nuestra teología sistemática y nuestras teorías solo pueden explicar las cosas hasta cierto punto (por supuesto, siempre en conformidad con las Escrituras). Y cuanto antes reconozcamos que hay cosas difíciles de responder de manera concluyente, mejor nos irá. Por consiguiente, no podemos pretender saber todo lo que hay que saber sobre los misterios de la obra de Cristo en la cruz y de la salvación. Ahora bien, esto no quiere decir que no tengamos algunas buenas respuestas a las muchas preguntas difíciles… así que esto es lo que creemos que es la verdad que enseñan las Escrituras sobre este tema.
La revelación general
La Biblia dice que la gloria de Dios es evidente en Su creación, es decir, en el universo, en la tierra e incluso en nosotros. El salmista escribe:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y la expansión denuncia la obra de sus manos. El un día emite palabra al otro día, y la una noche a la otra noche declara sabiduría. No hay dicho, ni palabras, ni es oída su voz. Por toda la tierra salió su hilo, y al cabo del mundo sus palabras” (Salmos 19:1-4).
Las “huellas digitales” de Dios están por todas partes para que las reconozcamos; a esto se le llama la revelación general de Dios (a diferencia de la revelación especial, la Biblia). En el libro de Job dice:
“Y en efecto, pregunta ahora a las bestias, que ellas te enseñarán; y a las aves de los cielos, que ellas te lo mostrarán: O habla a la tierra, que ella te enseñará; los peces de la mar te lo declararán también. ¿Qué cosa de todas estas no entiende que la mano de Jehová la hizo? En su mano está el alma de todo viviente, y el espíritu de toda carne humana” (Job 12:7-10).
Y en Romanos, Pablo dice:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterna potencia y divinidad, se echan de ver desde la creación del mundo, siendo entendidas por las cosas que son hechas; de modo que son inexcusables” (Romanos 1:20).
Este versículo deja claro que nadie, en el día del juicio, podrá tener excusa por no haber adorado a Dios, el Creador. Él se nos ha revelado en lo que ha hecho. A algunos les gusta decir que el conocimiento de Dios por medio de la creación no es suficiente para salvar a las personas, pero sí es suficiente para condenarlas, aparte del pecado que heredaron (de Adán), especialmente si están “honrando y sirviendo a las criaturas antes que al Criador” (Romanos 1:25).
Además de la creación, la Biblia también deja claro que las leyes de Dios están escritas en nuestro corazón y en nuestra conciencia:
“Porque los Gentiles que no tienen ley, naturalmente haciendo lo que es de la ley, los tales, aunque no tengan ley, ellos son ley a sí mismos: Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio juntamente sus conciencias, y acusándose y también excusándose sus pensamientos unos con otros; En el día que juzgará el Señor lo encubierto de los hombres, conforme a mi evangelio, por Jesucristo” (Romanos 2:14-16).
Estos versículos indican además que no tenemos excusa, al menos en cuanto a que existe un Dios que creó el universo y todo lo que hay en él. Sabemos lo que está bien y lo que está mal, pero ¿de dónde vino ese conocimiento? De Dios; y esta es otra revelación del Creador para nosotros. Todos serán juzgados según la luz que hayan recibido, según la revelación de Dios que se les haya dado a conocer y experimentar.
Cuanto más del evangelio conoce una persona, mayor es la condenación que cae sobre ella si lo rechaza (Hebreos 10:26-29). Algunos podrían detenerse a pensar: “Un momento… entonces, ¿no sería mejor no compartir el evangelio con las personas para no correr el riesgo de que lo rechacen? ¿No estarían en mejor situación si fueran ignorantes y, por lo tanto, cayera sobre ellas menos condenación?”. El problema es que ¡nadie está libre de condenación, ni siquiera antes de oír el evangelio!
La Biblia dice claramente que todos ya están condenados, y que todos están destituidos de la gloria de Dios (Romanos 3:23). Así que, en realidad, no sería injusto que Dios condenara a todos. Él no le debe nada a nadie. No hay personas inocentes. ¡Esto debería hacernos apreciar Su gracia aún más! Pablo lo expresa muy bien cuando dice: “Mas Dios encarece su caridad para con nosotros, porque siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
La revelación especial
Además de la revelación general, los teólogos suelen referirse a las Escrituras como parte de la revelación especial. Es en la Biblia donde aprendemos el plan redentor de Dios por medio de Jesucristo y donde podemos llegar a conocerlo. Aunque todos tienen acceso a la revelación general, es cierto que no todos tienen acceso a la Biblia… y ahí está el problema. ¿Cómo pueden ser responsables de poner su fe en Jesús las personas que nunca han tenido acceso a la revelación especial, por medio de la cual podrían ser salvas? ¡Ni siquiera han oído hablar de Él! Y, además, la Biblia declara que la salvación depende de creer en Jesús, e incluso de la predestinación de Dios (Juan 14:6; Hechos 13:48; Romanos 8:29-30, 9:16, 10:9).
Además, ¿qué pasa con los santos del Antiguo Testamento? Ellos no tuvieron la revelación especial de Jesucristo, ni sus sacrificios eran suficientes para salvarlos; entonces, ¿cómo podemos decir que son salvos? Bueno, la respuesta a esa pregunta es sencilla: los santos del Antiguo Testamento, como Abraham, Isaac, Jacob, Moisés, etc., esperaban que Dios proveyera al Mesías, Jesús, y así tuvieron fe en Dios y, por extensión, fe en el Cristo que había de venir, cuya sangre los cubre. La misericordia de Dios y su fe en Dios son lo que los salvó, así como la gracia y la misericordia de Dios, y nuestra fe en Su Hijo Jesucristo, nos salvan a nosotros y le agradan a Él (Hebreos 11:6).
Pero ¿qué pasa con quienes no han tenido a Yahveh como su Dios (ya sea en el pasado, el presente o el futuro), ni han oído jamás del Mesías (Jesús) en quien deben tener fe? Bueno, desde nuestro punto de vista… ellos son los que de todos modos nunca habrían creído. Déjame explicarte…
Una respuesta aceptable
Creemos que Dios sabe todo lo que ha sucedido, lo que está sucediendo, lo que sucederá y lo que sucedería en cualquier situación dada. Dios es omnisciente, aun considerando nuestro libre albedrío: Él sabe lo que hemos hecho, lo que estamos haciendo, lo que haremos y lo que haríamos, incluida la decisión de creer (o no) en Él y en Su Hijo (1 Juan 3:20). Por lo tanto, es razonable afirmar que Dios, en Su sabiduría infinita, ha colocado estratégicamente a las personas que Él sabe que creerán en Él en los lugares donde tendrían acceso al evangelio (o lleva el evangelio hasta ellas). De hecho, quienes creerían son aquellos a quienes Él predestinó para creer, aunque la decisión de tener fe sigue siendo de ellos.
En otras palabras, Dios sabe quién creerá el evangelio (o creerá en Él, antes de Cristo) cuando se le presente la verdad; así que se asegura, por Su voluntad soberana, de que esas personas estén donde tendrán la oportunidad de creer en Él; de hecho, esto es lo que parece decir Hechos 17:26-27. Ahora bien, algunos podrían objetar: “¿No significaría eso que los seres humanos no tienen libre albedrío, porque Él los coloca donde sabe que creerán o no creerán?”. No, no exactamente. El hecho de que Dios sepa dónde y cómo las personas responderán libremente a Él o a Cristo no significa que Él cause activamente sus decisiones. Su mero conocimiento de nuestras decisiones no las predetermina; ni tampoco Su elección de algunos depende de su fe futura. Creemos que Dios nos conoce tan bien que no solo permite que sucedan cosas en nuestra vida que nos mueven a creer libremente en Él, sino que también orquesta ciertas circunstancias con ese fin. Esto no significa que nos obligue a tomar nuestras decisiones, sino que nos convence por medio de Su Espíritu Santo, con Su gracia, amor, misericordia y perdón, a volvernos a Él: Sus ovejas oirán Su voz y responderán afirmativamente. Al mismo tiempo, a quienes Él sabe que nunca creerían en Él, y que nunca habrían creído (sin importar las circunstancias), los deja a su libre decisión en su depravación; pero, de nuevo, no los obliga a ir hacia su condenación.
Además, aunque no creemos que Dios elija a quienes serán condenados (la doble predestinación; el calvinismo extremo), sí creemos que Dios elige a algunas personas para ser salvas (2 Timoteo 2:10; Efesios 1:4-6; Romanos 8:29-30; Juan 1:13, 6:44). Y no creemos que seamos tan libres como para poder frustrar los planes de Dios (el arminianismo); Dios es soberano. Sí creemos que Él es activo en el mundo y que se mostraría a quienes lo buscan con diligencia (Deuteronomio 4:29; Hebreos 11:6), y al mismo tiempo reconocemos que “no hay quien busque a Dios” por sí mismo (Romanos 3:11-12); primero tiene que ser atraído por Él (Juan 6:44).
Si creemos que Dios quiere que todos sean salvos (2 Pedro 3:9), debemos creer que Él está buscando activamente el corazón de todos, incluso el de quienes Él sabe que finalmente no creerán en Él; pero Su “fracaso” en hacerles llegar el evangelio no nos permitiría decir que es injusto, porque Él no está obligado a salvar a nadie. Sin embargo, algunas de las maneras en que Dios podría buscar a los perdidos son: enviando evangelistas, misioneros o cualquier otro discípulo dispuesto, y usando medios de comunicación (incluidos, entre otros: Biblias regaladas, televisión, radio, internet, arte, música, ángeles, visiones, sueños, etc.).
Conclusión
Nuestra postura (en algún punto entre el calvinismo moderado y el molinismo) afirma la soberanía de Dios sin negarnos, al mismo tiempo, una voluntad liberada para tomar decisiones reales que tienen consecuencias. Dios nos ama muchísimo y nos busca, pero no puede permitir el pecado porque es santo; ha provisto el camino de salvación por medio de Jesucristo, y nosotros tenemos verdadera libertad para creer en Él o no. Con razón se ha dicho que “Dios no envía a las personas al infierno; ellas mismas se envían allí”. Creemos que es imposible que quienes habrían respondido (o responderán) positivamente al evangelio no lo hayan oído; podemos descansar seguros sabiendo que a quienes creerán se les está presentando el evangelio, y que serán salvos por Dios.
Recuerda: nuestro Dios es un Dios amoroso, misericordioso, perdonador y justo que quiere que todos sean salvos; así que llevemos el evangelio a este mundo perdido, porque debemos admitir que no sabemos quién creerá y quién no (Mateo 28:19-20). La Gran Comisión no nos fue dada por Jesús en vano; nuestro trabajo para el Reino sí da resultados, a saber, la salvación de las “ovejas perdidas”. Sin embargo, nuestra tarea no es salvar a las personas per se (esa es la obra de Dios), sino presentarlas a Aquel por medio de quien pueden ser salvas: Jesucristo. Que Su gracia sea contigo. Amén.








