En nuestra cultura actual (especialmente en EE. UU.), las empresas lo son todo. O eres un influyente director general de una corporación, o ayudas a dirigir una gran compañía, o tienes tu propio pequeño negocio, o trabajas para un negocio local o en línea. Toda empresa tiene, o debería tener, una estructura corporativa (la jerarquía de liderazgo) y un buen modelo de negocio que la ayude a tener éxito (es decir, un plan de cómo va a atraer y retener a sus clientes, y de cómo va a ganar dinero).

Pero ¿debería trasladarse el modelo de negocio a la dirección de la Iglesia de Dios? En pocas palabras, sostenemos que un modelo hecho por el hombre para una institución hecha por Dios no alcanza a cumplir un propósito ordenado por Dios.

Preguntas clave

Quizás te estés preguntando: “¿Por qué la Iglesia no debería usar estructuras y modelos empresariales, sobre todo si funcionan?”. A esto responderíamos con otras preguntas: ¿aprobaría Dios tales estructuras de liderazgo y modelos de negocio? ¿Acaso no hay ya en la Biblia misma estructuras de liderazgo y modelos de administración que la Iglesia debe seguir? ¿Qué nos hace pensar que nuestros caminos humanos son mejores que los caminos perfectos de Dios? ¿De verdad funcionan estos modelos? ¿Y a quién, exactamente, sirven o benefician estos modelos?

El liderazgo de una iglesia tiene que decidir cuál es su propósito al atraer a la gente a sus puertas, y luego ver si el modelo propuesto para lograrlo concuerda honestamente con lo que respaldan las Escrituras. Un liderazgo decidido a llevar a las personas a Cristo se enfocará en cosas como el amor, la predicación y la enseñanza sólidas, la adoración, el discipulado, la evangelización, la madurez, la piedad, la comunión y el servicio.

Por el contrario, un liderazgo decidido a alcanzar otras metas se enfocará en cosas como superar a la iglesia de al lado, hacer que la próxima serie sea más emocionante que la anterior, qué utilería e ilustraciones llamativas usar, qué música nueva tocar o qué medios novedosos utilizar, a qué oradores especiales invitar, qué grandes eventos de alcance organizar, cómo impresionar a la gente en su primera visita, etc.; todo ello para atraer “buscadores” a su iglesia. ¿Pueden usarse estas cosas de manera sana? Quizás, pero eso requeriría un liderazgo muy sabio.

Y ¿es necesario implementar todas estas cosas para traer a la gente a nuestros lugares de adoración? Algunos argumentarían que sí, sin duda. Pero en países donde algunas de estas comodidades, lujos, recursos y prácticas no están disponibles, la Iglesia crece a un ritmo exponencial, mientras que la Iglesia en EE. UU., que sí tiene estas cosas, lucha por sobrevivir. Es evidente que estos lujos no son necesarios; es bueno tenerlos, si es posible, pero no son necesarios para extender el Reino, porque es Dios quien hace crecer a Su iglesia, a Su manera y en Su tiempo.

Recuerda que lo que hacían los apóstoles, y que llevó a miles de personas a convertirse, era: orar, evangelizar, predicar, enseñar, tener comunión, partir el pan juntos, alabar y cantar, dar, y ver vidas transformadas (Hechos 2:41-47). ¿Son estas las cosas en las que se enfoca tu iglesia? ¿Son realmente estos los temas de las reuniones de tu liderazgo? Puede ser difícil saberlo con certeza, pero si prestas suficiente atención (y no te deslumbra la próxima reunión para planificar un evento emocionante y reclutar voluntarios), descubrirás la verdad.

La estructura corporativa

Uno de los mayores problemas que surgen al usar una estructura corporativa para dirigir una iglesia es que inevitablemente se desarrolla una jerarquía distorsionada, en la que el pastor se convierte en una especie de director general que no le rinde cuentas a nadie. En algunos casos, ¡no solo funge como director general, sino también como la junta directiva! Toma la mayoría de las decisiones de la iglesia, si no todas; él solo contrata a los posibles pastores y líderes laicos (aun cuando eso pueda generar conflictos de interés); él traza su visión para la iglesia; y solo él tiene la interpretación y la aplicación correctas de cualquier doctrina. ¡Ay de quien se atreva a cuestionarlo!

El Señor, sin embargo, es sabio en todos Sus caminos, y proveyó una salvaguarda para no caer en este tipo de liderazgo y de modelo: mantener a Jesús como la Cabeza suprema de la Iglesia y tener otros ancianos o líderes junto al pastor… esa es la clave del éxito. De esta manera, siempre que las personas estén “unidas a la vid”, Dios protege al pastor del pecado muy real del orgullo y del abuso de poder, y protege a la congregación de ser tratada como simples consumidores o empleados… o peor aún, como esclavos del pastor en lugar de Cristo, a merced de las ideas fantasiosas y caprichosas de su líder.

La Biblia enseña que puede haber un anciano o pastor “principal”, pero que él mismo está entre otros ancianos y diáconos (servidores) dentro de una iglesia. Estos otros líderes ayudan a que el pastor rinda cuentas, toman decisiones importantes en la iglesia, guardan la pureza de la doctrina, comparten las responsabilidades del liderazgo y sirven a la congregación con sus dones espirituales (1 Timoteo 5:17; Hechos 14:23; Tito 1:5; Santiago 5:14; Efesios 4:11). Por lo tanto, tener algún tipo de cuerpo de ancianos parece ser una decisión sabia. Pero la iglesia organizada con una estructura corporativa y empresarial, por su propia naturaleza, no favorece este tipo de equipo.

¿Por qué crees que tantos pastores de megaiglesias tienden a apartarse y a caer en pecado? Dejan que su poder centralizado se les suba a la cabeza. Estos pastores son sus propios jefes, sin nadie que les pida cuentas. Puede que digan que rinden cuentas a otros (y quizás lo hagan hasta cierto punto), pero en la realidad y en la práctica, no es así. De hecho, algunos pastores se oponen tanto a rendir cuentas de verdad que a menudo desconfían de cualquiera que realmente esté bien informado sobre la Biblia y sus doctrinas. Sea que esa persona informada forme parte del personal o no, representa una amenaza para sus reinos, a menos que puedan controlarla en cierta medida.

Lo que produce una iglesia con modelo de empresa

¿Cuándo fue la última vez que fuiste a tu iglesia, o visitaste otra iglesia, y no pensaste: “Vaya, ¿cómo será la música en aquella iglesia de la otra calle?”; o “Ay, no, el café aquí no es tan bueno como el del otro lugar… hora de irse”; o “No puedo creer que aquí no tengan iglesia infantil”; o “Wow, la calidad de producción aquí es de primera, creo que me quedo”; o “¿Así que solo tienen un servicio? Mal asunto”? No es que estas cosas sean malas en sí mismas, pero cuando se convierten en lo primero que notamos y buscamos, en lugar de buscar una piedad singular manifestada en los miembros de una iglesia —y en sus pastores—, estamos en problemas.

Pero, si te has sorprendido teniendo pensamientos como los que mencionamos arriba, no estás solo, y no es del todo tu culpa. La Iglesia en su conjunto tiene parte de la culpa —pero especialmente su liderazgo— de este cristianismo de consumo. La Iglesia occidental ha alimentado el deseo natural de la gente de consumir, consumir y consumir un poco más. La Iglesia ha alimentado la inclinación de la gente a juzgar las cosas según lo que le gustaría ver, oír, tocar y experimentar, en lugar de juzgar con discernimiento espiritual y enfocarse en las cosas de arriba, que están obrando, o no, en los miembros de una iglesia (Colosenses 3:1-2).

El liderazgo de la Iglesia en todo el evangelicalismo es el principal culpable de este problema de identidad. Es un subproducto de dirigir una iglesia como si fuera una empresa, atendiendo las necesidades (pero sobre todo los deseos) de sus visitantes (o “clientes”, muchos de los cuales ni siquiera son creyentes) y de sus miembros (algunos de los cuales ni siquiera dan). Este problema es el resultado de confiar en los caminos del hombre en lugar de los caminos de Dios en lo que respecta a la administración y la expansión de Su Iglesia. El afán de los líderes por esforzarse en multiplicar los números (miembros, asistentes y visitantes) contradice la fe que aparentan tener en que Dios proveerá, sostendrá y hará crecer la membresía.

En lugar de confiar en Dios para el crecimiento numérico (y a veces incluso espiritual), muchos líderes de iglesia de hoy confían en estructuras y modelos organizativos hechos por el hombre para lograr lo que le corresponde hacer a Dios (Mateo 16:18). Irónicamente, esto alimenta en el asistente promedio la mentalidad de “mis pastores lo harán” (en cuanto a evangelizar y discipular), porque no se le da la oportunidad de ver a Dios obrar. Lo único que ve es a un montón de líderes preparando frenéticamente la producción del próximo domingo o el próximo evento de “alcance”.

Conclusión

Lamentablemente, el uso de estructuras y modelos empresariales se ha infiltrado en muchas iglesias; y, en parte por eso, muchas iglesias de hoy no se parecen a una comunión de creyentes nacidos de nuevo, guiados por hombres piadosos, sino a un centro de voluntarios dispuestos a ser dirigidos por un pastor que actúa como director general y por sus empleados, quienes parecen estar demasiado empeñados en hacer crecer la iglesia, más en números que espiritualmente. Como resultado, la Iglesia moderna se ha convertido más en una empresa que en un testimonio; se interesa más por la innovación que por la transformación, y más por el pragmatismo que por el dogmatismo.

¿Te suena esto demasiado parecido a tu iglesia? Entonces pídele a Dios que te guíe mientras procuras agradarle, alabarlo y adorarlo, y servirle con tu vida, tus talentos y tus recursos, aunque tengas que tomar la difícil decisión de congregarte en otro lugar.