A la mayoría de nosotros nos resulta fácil explicar qué es el mal, pero sin duda es difícil intentar explicar por qué existe el mal. Aunque no pretendo tener las respuestas definitivas sobre estos temas, me propongo presentar aquí lo que he llegado a creer acerca de por qué existe el mal en un mundo creado por un Dios todo amor y todo bondad. Creo que hay respuestas razonables que pueden ayudarnos a entender mejor nuestro mundo y a nuestro Dios… y cómo encaja todo.
Hablando filosóficamente, hay dos tipos generales de males: los males morales (cometidos por agentes morales libres, es decir, los seres humanos) y los males naturales (los que ocurren de forma natural en el mundo, como enfermedades, dolencias, huracanes, tsunamis, tornados, terremotos, etc.). Teólogos y filósofos a lo largo de la historia han dado una respuesta eficaz al problema de los males morales en el mundo. Básicamente, fuimos creados como seres humanos con libre albedrío (lo cual es algo bueno), pero, como todas las cosas buenas, el libre albedrío puede usarse mal para hacer cosas malas. Dios, en Su infinita sabiduría, sabía, y sabe, que tener libre albedrío y mal es mejor que no tener libre albedrío ni mal. A continuación, sin embargo, hay más explicaciones de por qué existen los males morales y naturales.
Los males morales
Hay muchas razones posibles por las que Dios permite nuestros males morales, y esas posibilidades bastan para que la existencia de Dios y la del mal en este mundo sean lógicamente compatibles. En otras palabras, no es una contradicción lógica que exista un Dios todo amor y todo bondad y, al mismo tiempo, que exista el mal que hay en este mundo. No conocemos la mente de Dios, y podríamos ignorar el bien que Él puede producir al permitir estos males. Se nos da un vistazo de este razonamiento en la historia de José cuando, después de que sus hermanos lo vendieran como esclavo, José pudo decirles: “Vosotros pensasteis mal sobre mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo”. La providencia de Dios apunta al bien supremo: la salvación de las personas.
Ahora bien, dado nuestro libre albedrío, Dios sabía que la mejor manera de atraer a las personas hacia Él para salvarlas sería realizar un acto de amor; un acto de amor tan grande, en medio del mal, que la gente no podría descartarlo con indiferencia al entenderlo plenamente: es decir, la muerte de Su Hijo, Jesucristo. Cristo sufrió grandes males a manos de los romanos y de los judíos, pero eligió morir por nosotros por Su amor por nosotros. Jesús eligió pasar por todos esos males para que viéramos Su amor insuperable e incondicional por nosotros. Es al conocer este hecho que somos movidos libremente a amarlo: Él nos amó primero y murió por nosotros (pasando por un mal horrible) para que fuéramos librados de la separación eterna de Él (el mal supremo).
Los males naturales
Pero ¿qué pasa con los males naturales? Estos “males” son más difíciles de explicar, porque ¿no querría Dios crear un mundo donde tales males no existieran, o al menos donde no causaran el sufrimiento y la muerte de tantas personas? Bueno, ¿cómo sabes que Él podría crear un mundo en el que las criaturas libres no cometieran el mal y en el que la mayor cantidad de personas lo amaran y creyeran en Él libremente? Puede ser que un mundo así no sea factible. Además, ¿cómo sabes tú que Él no permite que tales males sucedan de una manera que cause la menor cantidad de muertes ahora? Si creemos que Él es un Dios bueno, esto parece ser lo natural que debemos aceptar como cristianos. Pero de nuevo, como con los males morales, quizás Él permite que sucedan los males naturales porque sabe que solo a través de ellos las personas se volverán libremente a Él.
Todos los males sirven como recordatorio de que Dios tiene el control, pero también de que tener vida es algo bueno: son un baño de realidad. Cuando decimos que los desastres naturales son “malos”, ¿qué queremos decir con eso? Por lo general queremos decir que las personas resultan heridas, sufren o mueren como consecuencia de esos desastres. Si no hubiera seres humanos, ni siquiera animales, en la tierra que pudieran salir heridos, sufrir o morir, ¿seguiríamos diciendo que esos males naturales son malos? Probablemente no. Así que coincidimos en que el mal incluye el daño, el sufrimiento… y la muerte. Pues bien, si recuerdas, fuimos creados para estar en paz con Dios, probablemente sin dolor ni sufrimiento, e inmortales; pero Adán y Eva lo echaron a perder. Los males morales y naturales nos recuerdan la realidad de nuestra inevitable muerte física, y de una posible muerte espiritual (la separación eterna de Dios), a menos que nos volvamos al único Salvador, Jesús.
Así que, por medio de los males morales que cometemos como criaturas libres y de los males naturales del mundo, Dios nos recuerda que la vida es buena y la muerte es mala, especialmente la muerte espiritual que nos separará de Él. Pero por Su amor por nosotros, y porque somos tan especiales, Él se hizo humano (no animal) para venir a salvarnos, y Él mismo pasó por los mismos males por los que pasamos nosotros. Hebreos 4:15 dice: “no tenemos un Pontífice [hablando de Jesús] que no se pueda compadecer de nuestras flaquezas; mas tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Jesús conoce nuestras tentaciones de cometer el mal; conoce el poder de Satanás; y conoce el poder de la naturaleza. Pero Jesús nos libertó de las garras del pecado; Jesús derrotó a Satanás; y Jesús calmó la tormenta. Él tiene el poder supremo; tiene el poder de vencer los males morales y naturales, por no mencionar los males cometidos por las fuerzas demoníacas.
¿Por qué el mal?
Por lo tanto, el propósito de los males en este mundo, en términos del plan providencial de Dios, puede ser simplemente mostrarnos que la vida es preciosa, importante, un asunto serio y algo bueno. Puede ser para mostrarnos que no tenemos el control, que Dios tiene el control. Y el propósito del mal también puede ser demostrarnos cuánto nos ama Dios: tanto que estuvo dispuesto a enviar a Su Hijo a pasar por muchos de estos males para vencerlos y darnos esperanza. Puede que el mal exista para mostrarnos que Dios es el único que puede vencerlo, y que Jesús ya venció por nosotros el mal de la muerte en la cruz… y lo único que tenemos que hacer para tener vida es creer en Él. Dios derrotará por completo todo el mal al final; ninguna otra religión ni sistema de creencias nos da la esperanza y la seguridad de que el mal será derrotado, y de que la fe, la esperanza y el amor permanecerán.
Por lo tanto, Dios no es el creador del mal en sí, pero ha permitido que sea una realidad en este mundo porque sabía que serviría a un propósito mayor e infinitamente mejor que no permitir que existiera. Su propósito no es hacer felices a los seres humanos, sino que sean salvos. Para hacerlo práctico, piensa en las veces en que todo te iba bien y no tenías ningún “mal” en tu vida. Si eres como la mayoría de las personas, tal vez no dependías tanto de Dios; tal vez no pensabas tanto en Él; y tal vez no lo buscabas tanto. Así es la naturaleza humana.
Cuando las cosas están bien y marchan bien, tendemos a olvidarnos de Dios. Entonces, ¿cuándo es que nos acordamos de Dios? Por lo general, cuando las cosas van mal; cuando los males morales, naturales y espirituales nos rodean; y cuando lo único que nos queda es Dios. No es difícil ver, entonces, cómo un Dios bueno y amoroso sí permitiría que ocurrieran ciertos males para atraer hacia Él a tantas personas que, de otro modo, no habrían elegido libremente buscarlo.
Con todo el mal que ocurre hoy en el mundo, abre tus ojos hoy a la realidad del amor de Dios, sabiendo que Él ha permitido que estas cosas sucedan para que Su nombre sea glorificado, y para que Su Hijo sea exaltado, porque solo Él tenía y tiene el poder para vencer el mal. Y sabe que Él ha permitido que estas cosas sucedan para que muchos, incluido tú, no se pierdan eternamente, sino que tengan vida eterna en Su Hijo. Por medio de Él, tú y yo podemos vencer las garras malignas del pecado en nuestra vida y ayudar a otros a ver la bondad y el amor de nuestro Dios. A Él sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos. Amén.








