El perdón. ¿Qué es y cómo nos pide Dios que lo concedamos? ¿Perdonar es excusar el pecado? ¿Nos obliga automáticamente a volver a confiar en alguien? ¿Espera Dios que “perdonemos y olvidemos”? Y ¿debemos perdonar incluso a quienes no nos piden perdón, ni sienten que de alguna manera lo necesitan de nosotros? A veces es difícil responder estas preguntas, sobre todo cuando estamos involucrados en una situación dolorosa; pero entender con claridad lo que realmente implica el perdón nos ayudará a perdonar de todo corazón a quienes nos ofenden.
Lo que el perdón no es
Primero, comencemos con lo que el perdón no es. Hay ideas equivocadas muy comunes acerca de la definición y la naturaleza del perdón. Una de ellas es que perdonar significa dejar al ofensor “libre del anzuelo”, o tener que excusar su pecado sin importar cuánto daño haya causado. Pero, aunque Dios no quiere que mantengamos a esa persona colgada de nuestro “anzuelo”, sí quiere que la soltemos y la entreguemos a Su “anzuelo”, porque Él es el vengador y juez supremo sobre todas las cosas (Levítico 19:18; Romanos 12:19-20), y solo Él tratará con esa persona de una manera perfectamente justa y amorosa.
Otra idea equivocada es que el perdón es lo mismo que la reconciliación. Sin embargo, la reconciliación se produce por medio del perdón, de modo que son cosas distintas. El perdón tiene que ocurrir primero, y después puede darse la reconciliación. Podemos perdonar a otros sin buscar la reconciliación, pero la reconciliación rara vez ocurre sin perdón. Como bien dice June Hunt en su libro Counseling Through Your Bible Handbook: “Se necesitan dos para la reconciliación, pero solo uno para el perdón”. Es interesante notar que, aunque nosotros no buscamos a Dios para ser perdonados, Él nos busca primero porque nos ama, y desea perdonarnos y que seamos reconciliados con Él; y lo hizo por medio de Cristo en la cruz.
Una tercera idea equivocada es que el perdón es simplemente un medio para un fin, y que ese fin es estar en paz con uno mismo y librarse del “dominio” y la “influencia” psicológica de la otra persona en nuestra vida. Esta es una enseñanza psicológica popular que se ha infiltrado en la Iglesia: que debemos perdonar porque solo así seremos “libres”. Pero ese no es el propósito del perdón, y solo demuestra lo egoístas que podemos ser, como si el perdón se tratara de nosotros y de nuestro bienestar. Aun así, aunque reconozcamos que el perdón sí tiene estos beneficios (incluso según la Biblia), la Biblia también deja claro, como veremos más adelante, que el perdón tiene que ver con la reconciliación y con la restauración de una relación, especialmente la nuestra (y la de otros) con Dios.
Lo que el perdón es
Ahora pasemos a lo que el perdón es. La definición bíblica de perdonar es: cancelar una deuda, indultar a alguien por una ofensa. Cuando perdonamos a las personas, no les exigimos que nos paguen su deuda (por ejemplo, que nos deban una disculpa o que tengan que reparar su mal); también dejamos atrás nuestro resentimiento hacia ellas. Dios perdona a Su pueblo cancelando la deuda que tiene con Él a causa de todo el pecado acumulado contra Él. Esto no significa que Dios simplemente excuse el pecado de las personas o decida no castigarlas por él (porque entonces sería injusto); más bien, castiga a otro en su lugar (a animales en el A.T.; a Cristo en el N.T.).
En los tiempos del Antiguo Testamento, los pecados y las transgresiones de las personas se expiaban y se cubrían por medio del arrepentimiento y del sistema de sacrificios (Deuteronomio 21:8; Números 14:19-20). Sin embargo, la actitud de la persona hacia su pecado y hacia Dios era sumamente importante, de modo que era imprudente pensar que Dios se agradaba de alguien que pecaba y luego ofrecía sacrificios a la ligera o sin ganas para ser perdonado (1 Samuel 15:22; Proverbios 21:3). En el Nuevo Testamento, nuestro perdón viene por medio del sacrificio de Jesús. Colosenses 1:13-14 dice: “Que nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo; en el cual tenemos redención por su sangre, la remisión de pecados”.
El derramamiento de sangre era crucial para el perdón del pecado, de modo que sin él nadie podía ser perdonado. Hebreos 9:22 dice: “Y casi todo es purificado según la ley con sangre; y sin derramamiento de sangre no se hace remisión”. Pero este hecho no debe hacernos pensar que el perdón se puede ganar (ni entonces ni ahora); sigue siendo un regalo de Dios. Además, los sacrificios del Antiguo Testamento no eran suficientes para perdonar por completo a las personas y lavar sus pecados. Los sacrificios del Antiguo Testamento, entonces, no eran más que una sombra del sacrificio supremo que Jesús llevaría a cabo (Hebreos 10:1-4). El único sacrificio de Jesús fue suficiente para perdonarnos (Hebreos 7:27-28, 10:10; Romanos 6:10; y 1 Pedro 3:18).
¿Perdonar y olvidar?
Otro aspecto del perdón que se afirma con frecuencia es que no perdonamos de verdad a alguien hasta que olvidamos sus ofensas. Por eso se nos dice que debemos “perdonar y olvidar”. Cristianos bien intencionados suelen citar Hebreos 8:12 (que es una cita de Isaías 43:25) para respaldar su postura. Hablando de Dios, el versículo de Hebreos dice: “Porque seré propicio a sus injusticias, y de sus pecados y de sus iniquidades no me acordaré más”. Entonces se afirma que, como Dios “olvida” nuestros pecados, nosotros también debemos olvidar los pecados de los demás. Pero ¿es eso lo que significa “olvidar” en este versículo?
Primero, permíteme citar al Dr. Tony Evans: “¡Tú no eres Dios!”. El punto es que, aun si Dios pudiera “olvidar” nuestros pecados (lo cual es extraño decir, porque Él es omnisciente), eso no significa que nosotros tengamos la capacidad de hacer lo mismo: no somos Dios. No recibimos una dosis de “amnesia santa”, para citar a Hunt, cuando nos hacemos cristianos, que nos ayude a olvidar los pecados que otros cometen contra nosotros. Así no funciona. Pero si “olvidar” los pecados simplemente significa “no tomarlos en cuenta en contra de alguien”, entonces esto sí es alcanzable, y de hecho es un mandamiento del Señor. Debemos perdonar a otros, sin tomar en cuenta sus pecados en su contra, así como Dios, en Cristo, lo hace con nosotros.
Cuando perdonamos, decidimos no buscar represalias, no desquitarnos, no hacer que el ofensor sufra nuestra ira ni que cargue con la culpa de la ofensa por el resto de su vida. Aunque olvidar por completo el pecado no es posible (a menos, quizás, que uno realmente sufra de amnesia), dejar de recordarlo, en el sentido de no aferrarnos al dolor, la herida, el resentimiento, la amargura, el daño y los sentimientos faltos de amor hacia el ofensor, sí se puede lograr por medio del Espíritu Santo de Dios, la oración y el enfocarnos en lo que es bueno (Filipenses 4:8)… y en lo que Cristo ha hecho por nosotros: perdonarnos (Colosenses 3:13; Efesios 4:31-32).
¿Solo debemos perdonar a quienes nos lo piden?
Ahora llegamos a un asunto espinoso: ¿debemos los cristianos perdonar solo a quienes se han dado cuenta de sus pecados contra nosotros y de hecho nos piden perdón, o debemos perdonar incondicionalmente? La razón por la que esta es una pregunta difícil es que en ninguna parte de la Biblia Dios perdona a alguien por pecar a menos que se arrepienta de ello. Aparentemente, entonces, si dijéramos que debemos perdonar a otros incondicionalmente (aunque no se arrepientan), estaríamos yendo en contra de todas las Escrituras. Incluso en la parábola de Jesús sobre el siervo que no quiso perdonar, en Mateo 18, el siervo le suplicó a su Señor.
Pero, si adoptamos esa postura, ¿qué pasa con las ocasiones en que pecamos por casualidad o sin querer, o incluso olvidamos arrepentirnos de los pecados que cometimos el día anterior? ¿Significaría eso que no somos perdonados porque no nos arrepentimos ni pedimos perdón, que es lo que Dios requiere? Este problema nos lleva a la respuesta: Jesús pagó por todos nuestros pecados, pasados, presentes y futuros, y cuando creímos en Él, todos nuestros pecados fueron expiados. Así que la pregunta se convierte en esta: habiendo sido perdonados de tanto por medio de Jesús, ¿tenemos los cristianos derecho a no perdonar a quienes nos ofenden porque no se arrepienten? Creemos que la respuesta es, rotundamente, no.
Para zanjar este asunto de una vez por todas, si exigiéramos que las personas nos pidieran perdón antes de extenderles nuestro perdón (e incluso antes de perdonarlas en nuestro corazón), estaríamos ocupando el lugar de Dios. Pero solo Dios es el Santo, Perfecto y Justo, capaz de exigirle a cualquiera su arrepentimiento para ser perdonado… nosotros no. No podemos mantener a las personas bajo nuestra ira, condenación, juicio y enojo hasta que se arrepientan, para “darles una lección”. Estamos llamados a extender la gracia de Dios a las personas, así como Él nos extendió Su gracia en Cristo Jesús. Si solo mostráramos misericordia y diéramos gracia cuando las personas se arrepienten y piden perdón, no estaríamos actuando con gracia, porque el ofensor se habría ganado nuestro perdón al arrepentirse; y no es así como Dios nos llama a ser.
Ahora bien, esto, por supuesto, no significa que nos reconciliaremos automáticamente con quien nos ofendió cuando lo perdonemos. Recuerda: el perdón no es lo mismo que la reconciliación. Aunque en nuestro corazón perdonemos a alguien sus ofensas, puede tomar tiempo volver a confiar plenamente en el ofensor y reconciliarnos con él, sobre todo si nunca se arrepiente (ya sea por orgullo, negación o ignorancia). Por eso Jesús le da tanta importancia a decirles a quienes nos ofenden cuáles han sido sus faltas contra nosotros, para que tengan la oportunidad de arrepentirse, pedir perdón y comenzar el proceso de reconciliación (especialmente con Dios, si cometieron pecado). Pero aun si se lo decimos y no se arrepienten (suponiendo que tenemos razón acerca de su ofensa), no tenemos derecho a no perdonarlos, aunque decidamos alejarnos de ellos. Pero debemos tener presente lo siguiente…
Por qué los cristianos deben perdonar
Ahora que hemos desarrollado una comprensión clara de lo que es y lo que implica el perdón, debemos responder la pregunta: “¿Por qué deben perdonar los cristianos?”. Para encontrar la respuesta, debemos entender el propósito del perdón. En esencia, el perdón se da y se recibe para que una relación sea restaurada, ya sea la relación entre Dios y el hombre, o entre un hombre y otro. Dios es un Dios de reconciliación, y espera que nos reconciliemos unos con otros (especialmente los cristianos), así como Él nos reconcilió consigo mismo por medio de Cristo. Tan importante es la reconciliación para Dios, que Él dice: “Por tanto, si trajeres tu presente al altar, y allí te acordares de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu presente delante del altar, y vete, vuelve primero en amistad con tu hermano, y entonces ven y ofrece tu presente” (Mateo 5:23-24).
Perdonar a otros también es una especie de testimonio al mundo de que Cristo vive en nosotros. Cuando perdonamos a nuestros hermanos y hermanas en Cristo, les demostramos a otros que amamos a Dios y que realmente somos discípulos de Jesús (Juan 13:34-35). Pero ¿qué pasa con los incrédulos? ¿Debemos perdonarlos de la misma manera cuando pecan contra nosotros? En algunas situaciones sería innegablemente difícil perdonar al ofensor (por ejemplo, violación, asesinato, abuso infantil, etc.); pero creemos que, aunque pueda ser difícil (o incluso imprudente) reconciliarse con quien cometió estos actos, Dios desea que lo perdonemos para que quizás esa persona pueda reconciliarse con Él. El perfecto amor y la gracia de Dios se manifiestan plenamente en nosotros cuando perdonamos a quienes consideramos indignos de nuestro perdón porque, después de todo, ¡nosotros también somos indignos de Su perdón! Como cristianos, perdonamos porque hemos sido perdonados (Colosenses 3:13); perdonamos porque hemos sido amados tanto, y por eso debemos amar a otros a cambio. Cuando amamos, obedecemos estas palabras: “Toda amargura, y enojo, e ira, y voces, y maledicencia sea quitada de vosotros, y toda malicia: Antes sed los unos con los otros benignos, misericordiosos, perdonándoos los unos a los otros, como también Dios os perdonó en Cristo” (Efesios 4:31-32). Un versículo que nos hace humildes, dicho por Jesús mismo en Mateo 6:14-15, es: “Porque si perdonareis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial. Mas si no perdonareis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas”.
Aunque el versículo anterior no habla del perdón eterno (la salvación), sí implica que nuestra relación con Dios se ve obstaculizada cuando no perdonamos; y 1 Juan 1:9 nos muestra cómo restaurar nuestra relación con Dios cuando pecamos. Ahora, que el Espíritu de Dios nos guíe a todos cuando enfrentemos las diversas pruebas de esta vida que nos llaman a extender Su gracia, misericordia y perdón a aquellos por quienes Cristo también murió. Y recordemos las palabras de Jesús en el Sermón del Monte: “Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7).








