¿Alguna vez has oído o usado la expresión “estás comparando peras con manzanas”? Significa que se está haciendo una comparación entre dos cosas que no tienen relación entre sí y que difícilmente se pueden comparar, como una pera blanda y harinosa y una manzana dulce y crujiente… o la música rock moderna y un bate de béisbol; estas comparaciones suelen ser difíciles de hacer, si no imposibles. Pero hay otra expresión relacionada que también se usa mucho y que dice: “hay que comparar manzanas con manzanas”. Significa que se está haciendo una comparación entre dos cosas relativa y razonablemente comparables, como una manzana roja y una verde… o el rock moderno y el rock and roll; estas comparaciones suelen tener sentido.

Por ejemplo: dos manzanas. Ambas son frutas; ambas son más o menos redondas; ambas crecen en árboles; una es roja y la otra es verde; una es ácida y la otra es dulce; una es blanda y la otra crujiente; una es seca y la otra jugosa. Ese es el arte de comparar y contrastar dos cosas. Comparamos y contrastamos cosas todo el tiempo… pero ¿siempre es beneficioso? ¿Es beneficioso cuando se hace con personas? ¿Y cuando se hace con personas dentro de la iglesia? Este artículo tratará principalmente de comparar manzanas con manzanas (como comparar manzanas verdes con manzanas rojas), pero en el contexto de las relaciones: comparar a unas personas con otras.

La Palabra de Dios tiene mucho que decir acerca de compararnos con otras personas, o de ser comparados con otros. Una pista: eso no le agrada a Dios. A continuación presento tres actitudes que desagradan a Dios y que no debemos tener; y luego presento la actitud que sí debemos tener, la cual le agrada.

“No soy suficiente”

Te comparas con otros… y ahora crees que tú no eres suficiente. Pero en el centro de una comparación tan impía está el orgullo. ¿Por qué el orgullo? Porque cuando sientes que no eres suficiente (según tu propio veredicto), empiezas a envidiar a otros por quiénes son, por lo que pueden hacer o por lo que tienen. Y cuando hay envidia en tu corazón, en esencia le estás diciendo a Dios que tú podrías haberte hecho mejor y de manera distinta de como eres, y que tú podrías haberte dado mejores cosas que las que Dios te ha dado. Esa es la máxima bofetada en la cara de Dios.

Cuando te comparas con otros, le abres la puerta a Satanás para que siembre mentiras dañinas en tu corazón y en tu mente. Piensas: “No soy tan bueno como esta persona o aquella; nunca llegaré a su nivel; la gente no me aprecia ni me elogia tanto como a esa persona; quiero ser como fulano”. Pero ¿adónde te va a llevar esa manera de pensar? Directamente a un corazón ingrato, envidioso e impenitente, lo cual desagrada a Dios.

Pienso en la primera carta de Pablo a los corintios, donde reprendió a algunos en la iglesia de Corinto que decían ser de Pablo o de Apolos, como si fueran mejores que los demás simplemente por estar asociados con uno u otro de estos hombres. Sin embargo, Pablo dijo que no había que gloriarse en tales cosas, sino gloriarse en Cristo, en Dios, que es quien da el crecimiento (1 Corintios 3:3-11). La historia de Caín y Abel, en cierto sentido, también gira en torno a las comparaciones. Piénsalo. Además, imagina cómo habría terminado la historia de David y Goliat si David se hubiera comparado con Goliat según quién era él (un muchacho bajo, débil y pequeño), en lugar de según quién era él ante Dios (un hombre respaldado y guiado por Dios).

“Ellos no son suficientes”

Comparas a otros contigo… y ahora crees que los demás no son suficientes. Una vez más, en el centro de este tipo de comparación está el orgullo. Cuando sientes que otros no dan la talla según tu estándar (que tú mismo estableciste), en realidad te conviertes en el juez de lo que es “bueno”. Ahora tú, otra vez, le estás diciendo a Dios que podrías hacerlo mejor que Él.

Cuando estás tan ocupado midiendo a las personas contigo mismo, no tienes tiempo para amarlas y verlas como Dios quiere —como Dios te manda— que las veas; tampoco tienes espacio en tu corazón para animarlas de verdad. Dios quiere que veas a los demás a través de Su Hijo, a través de Su amor por ellos, más allá de sus problemas, más allá de sus discapacidades, más allá de su nivel de entendimiento, más allá de sus talentos y más allá de tu estándar torcido.

Pienso en Jesús cuando dijo, acerca del fariseo que se comparaba con los ladrones, los injustos, los adúlteros e incluso con el publicano que estaba a su lado: “éste [el publicano arrepentido] descendió a su casa justificado antes que el otro [el fariseo orgulloso]” (Lucas 18:9-14). El fariseo comparaba a otros consigo mismo, y él se creía lo máximo, pero Jesús no pensaba así; al menos no con esa clase de actitud y de corazón.

“Ninguno de ustedes es suficiente”

En lugar de compararte con otros, o viceversa, prefieres comparar a unas personas con otras. Esta es otra forma de comparar a los demás con tu estándar, lo cual te convierte en juez; como resultado, los demás tienen que cumplir con el estándar que tú fijaste. Cuando una de esas personas (o un grupo de personas) está más cerca de tu estándar que otra, las comparas entre sí para intentar que la “inferior” de las dos “crezca”. Es una manera bastante siniestra de “animar” a los demás; una especie de táctica psicológica retorcida.

Este tipo de comparación es de lo peor que hay para la salud de la iglesia, especialmente si eres un líder que la practica. Comparar a unas personas con otras produce resentimiento, envidia, contiendas y toda clase de pensamientos y acciones dañinos en el cuerpo. Y Dios aborrece “el que enciende rencillas entre los hermanos” (Proverbios 6:19). La iglesia debe ser un lugar donde las personas muestren amor, ánimo sincero, gozo, paz, bondad, dominio propio, mansedumbre, etc.; y no chismes, calumnias, tergiversaciones, desánimo, manipulación ni contiendas.

Pienso, de nuevo, en Pablo en su segunda carta a los corintios, donde les dice a quienes se comparan con otros (o comparan a unos con otros) que no son juiciosos; que son necios. Pablo no se atrevía a compararse con otros mientras defendía su apostolado y su autoridad, sino que se gloriaba en Cristo; no se gloriaba más allá de su medida porque sabía que en última instancia es Dios quien aprueba, no los hombres (2 Corintios 10:7-18). No comparaba a unos con otros, a menos que estuviera señalando una verdad espiritual que fuera buena (como en Filipenses 3:3-9).

Cristo sí es suficiente

Pero ¿cómo combatimos las comparaciones que solemos hacer de nosotros mismos, o las comparaciones que otros hacen de nosotros? Nos comparamos con Cristo. La única persona con la que deberíamos compararnos es Jesucristo, nuestro Señor y Salvador. Solo Él es el estándar de lo que es bueno, recto y agradable al Señor. Si hay alguien en quien podemos gloriarnos, ¡es en Cristo!

Entonces, ¿te pareces cada vez más a Cristo? ¿Andas como Él anduvo? ¿Amas a los demás como Él los amó? ¿Perdonas a los que te ofenden, como Él lo hizo? ¿Eres paciente, bondadoso, veraz, alentador, justo, dueño de ti mismo, gozoso, etc., como lo fue Él? Si no es así, ¿no será que te estás comparando con otros? ¿O no será que estás permitiendo que la gente te compare con otros de una manera impía? Pues bien, pon tus ojos en Jesús, y debes saber que, si lo amas a Él y a los demás, Él te aprueba. No busques aprobación en otra parte: tu identidad y tu valor están en Cristo, no en otras personas ni en lo que ellas opinen de ti.

Excepciones

Ahora bien, ¿Jesús comparaba, medía o juzgaba a las personas? Sí, a veces, y por lo general en cuanto a sus acciones o a su estado espiritual, y especialmente en cuanto a su fe. Jesús comparaba a unas personas con otras por razones piadosas, y lo hacía con justicia, con amor y con verdad. Él no se dedicaba a usar la psicología popular para intentar corregir la conducta de los demás; ni tampoco se dedicaba a usar halagos insinceros, especialmente al comparar a las personas, para levantar a unas y, al mismo tiempo, derribar a otras. Los juicios y las comparaciones de Jesús siempre eran buenos, porque Él es bueno.

Pienso en la ocasión en que Jesús les dijo a Sus seguidores cuán grande era la fe que había encontrado en cierto centurión; una fe como la que no había visto en todo Israel. Observa, sin embargo, que Jesús no menospreció a otros al elogiar al centurión. También pienso en la ocasión en que Sus discípulos le preguntaron: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”; esto después de que los discípulos habían estado discutiendo entre ellos acerca de cuál de ellos era el mayor. Pues bien, Jesús los puso en su lugar muy rápido (Mateo 18:1-6). Les dijo que ¡uno debe ser humilde —como un niño— para siquiera entrar en el cielo! ¿Qué te parece eso como comparación entre personas? ¡Los discípulos fueron comparados con niños! Pero, de nuevo, las comparaciones de Jesús eran de naturaleza espiritual, y siempre eran buenas y para el bien de los demás.

Además, hay lugar para comparar quién eras antes (ya sea sin Cristo o en Cristo) con quién eres ahora. Definitivamente debería haber una diferencia notable en tu madurez espiritual, y eso es bueno. Así como esperarías ser mejor en una tarea o habilidad si la practicaras (y compararías tu nivel actual con el anterior), deberías comparar tu crecimiento espiritual como cristiano… pero siempre midiéndote con Cristo. Sin embargo, no me refiero a este tipo de comparaciones en este artículo. Este tipo de comparaciones es bueno, y debería producir lo bueno: principalmente, crecimiento.

En cambio, los otros tipos de comparaciones que menciono en este artículo normalmente no son buenos ni benefician a nadie: destruyen las relaciones. Por lo tanto, a menos que puedas asegurarte de que tus comparaciones y tus juicios sean edificantes y buenos, no los hagas. Recuerda Efesios 4:29: “Ninguna palabra torpe salga de vuestra boca, sino la que sea buena para edificación, para que dé gracia a los oyentes”. Cuando comparas, rompes un corazón… el de Dios, el tuyo y el de los demás.