Como cristianos, la Biblia nos enseña a tener fe en Cristo y en Su obra consumada. Pero el hecho de que tengamos fe, o de que la ejerzamos en Cristo, ¿se considera una obra… una obra meritoria? Si tener fe en Cristo es una obra, ¿la realizaría Dios o nosotros? Además, ¿puede alguien, por ejemplo, jactarse de tener más fe en Cristo que su hermano o hermana? Y, por el contrario, ¿es la fe salvadora en Cristo un don de Dios? Si nada de esto se aplica, entonces ¿qué es la fe? Estas preguntas, y otras más, serán el enfoque de este artículo.

Definición de la fe

Según el teólogo Wayne Grudem, en su libro Systematic Theology, la fe es “confianza o dependencia en Dios basada en el hecho de que le creemos a Su palabra y creemos lo que Él ha dicho”. El erudito en griego William Mounce, en su Complete Expository Dictionary, afirma que la fe significa “creencia, confianza y seguridad”. Y según el teólogo Millard Erickson, en su libro Christian Theology, es “un afianzarse del corazón en la Palabra divina de la promesa, un apoyarse en el poder y la fidelidad de Dios… creer lo que alguien dice, aceptar una afirmación como verdadera; creer en algo o en alguien y comprometerse con ello”. Y el filósofo Norman Geisler añade, en su obra Systematic Theology: “[La fe] es la clase de creencia que confía en Cristo y descansa en Él para la salvación, y que, por lo tanto, implica un compromiso de seguirle y obedecerle”.

Es importante recordar que nuestra fe no es “ciega”, como algunos dirían. Aunque nosotros mismos no hemos visto a Jesús ni a Dios, podemos confiar en el testimonio de quienes sí caminaron con Jesús, de quienes vieron Su gloria (Juan 1:14). Todos los apóstoles dejaron registrado que Jesús no solo validó las Escrituras (que confirman la fidelidad eterna de Dios), sino que cumplió las Escrituras, ya que Él mismo es Yahveh hecho carne. Por lo tanto, nuestra fe descansa en la persona de Jesucristo, que realmente vivió, murió y resucitó en esta tierra. No carece de evidencia ni de buenas razones.

Obra frente a don

Sin embargo, para entender las preguntas planteadas al principio, también debemos definir y distinguir claramente entre una obra y un don. Una obra, bíblicamente hablando, es algo que hacemos para lograr algo o recibir algo a cambio de nuestro trabajo (Romanos 4:4). Por ejemplo, cuando un empleado trabaja sus cuarenta horas y llega el día de pago, espera que se le pague por su trabajo: se ganó su recompensa, en este caso, dinero. Un don es algo que se le da a alguien gratuitamente sin que haya trabajado por ello; un don no se puede ganar, simplemente se recibe (Romanos 4:5, 6:23). Pero en ambos casos, una recompensa o un don pueden ser ignorados o rechazados.

La Biblia deja claro que a Dios no le interesa que trabajemos para obtener la salvación, porque eso daría oportunidad a los orgullosos (es decir, a todos nosotros) de jactarse de sus “asombrosas” obras y acciones (Efesios 2:8-9); esto inevitablemente menospreciaría la obra de Cristo al cumplir la Ley, y Su obra en la cruz (Gálatas 2:21). Y la Biblia tampoco deja ninguna duda de que la salvación es un don de Dios (Juan 3:16; Romanos 5:15, 6:23), y de que nuestras “obras de la Ley” (es decir, cualquier buena obra que hagamos como parte de intentar cumplir la Ley para obtener la salvación) no serían suficientes para ganarla (Gálatas 2:16).

¿Es la fe una obra?

Ahora llegamos a nuestra primera pregunta: ¿se considera una obra tener o ejercer fe en Cristo… una obra meritoria (es decir, una que merece una recompensa)? Es una pregunta importante, porque si la fe en Cristo fuera una obra, tendríamos que averiguar cómo escapar de la perdición, ya que Dios no quiere que trabajemos para obtener nuestra salvación, ¡pero la fe sí es necesaria para recibir la salvación! Esto suena, sin duda, a un círculo vicioso.

No solo eso: si la fe en Cristo fuera una obra, vienen a la mente algunas preguntas. ¿Es nuestra fe en Cristo obra de Dios, o una obra que nosotros debemos realizar? Si es obra de Dios, ¿en quién la realiza: en los que están dispuestos, en los que no lo están, o en ambos? Si la realiza en los dispuestos, ¿no necesitaríamos tener fe en Él desde el principio? ¿No necesitaríamos confiar en que Él nos daría este don? Eso parece absurdo, como un paso adicional. Pero si la fe en Cristo es obra de Dios en los no dispuestos, ¿cómo no violaría Dios el libre albedrío de las personas al hacerlas creer en alguien en quien no quieren confiar voluntariamente? Pero la Biblia dice que lo que Dios desea que expresemos es una confianza voluntaria en Él (Josué 24:15).

Por el contrario, si la fe en Cristo es una obra nuestra que debemos realizar para alcanzar la salvación, ¿cuánta fe sería necesaria? Claro, algunos dirían: “solo se necesita una fe del tamaño de un grano de mostaza”, pero ¿cuánto es eso? Parece prácticamente imposible medir cuánta fe se necesita tener o mostrar para obtener la salvación, si fuera una obra que tuviéramos que hacer. En nuestra naturaleza caída, estaríamos constantemente preocupados con pensamientos como: “¿Es suficiente mi fe? ¿Tengo que esforzarme por aumentar mi fe para ser salvo, para seguir siendo salvo?”. Este sería un dilema lamentable, y basar la propia salvación en esto parece demasiado subjetivo y dejaría a la mayoría de las personas inseguras acerca de su destino eterno.

La Biblia enseña claramente que la fe no es una obra per se: es una no-obra. Las Escrituras lo muestran al contrastar siempre las obras con la fe (Efesios 2:8-9; Romanos 3:28, 4:2-5; Gálatas 3:10-11; Filipenses 3:9). Los dos conceptos nunca se usan como sinónimos, ni siquiera como “dos caras de la misma moneda”. Las obras de la Ley (y cualquier otra obra con la que intentemos ganarnos el favor de Dios) y la fe son, básicamente, diametralmente opuestas. El simple hecho de que la Biblia no considere la fe como una obra debería ser razón suficiente para creer que, según Dios, en efecto no es una obra.

Como muestra la imagen del artículo, cuando un padre juega con su hijo lanzándolo al aire, el niño confía (tiene fe) en que su padre lo atrapará y será lo bastante fuerte para sostenerlo (salvarlo). Quien en realidad está haciendo el trabajo es el padre, que es el único que sostiene a su hijo o lo atrapa; el niño simplemente cree en su papá. Lo mismo sucede con nosotros y nuestro Padre celestial por medio de Jesús. Él es el autor y el garante de nuestra salvación si simplemente creemos en Su Hijo. No estamos trabajando por nuestra salvación al creer… ¡ni siquiera somos nosotros los que nos sostenemos (Juan 10:28-29)!

Para ilustrar el hecho de que la fe no es una obra, los teólogos suelen usar el ejemplo de un hombre pobre que acepta un regalo de otro hombre. Aunque es cierto que el hombre pobre tiene que extender la mano y recibir el regalo (tener fe), ¡de ninguna manera puede contarse su acción como una obra meritoria que hizo para ganarse ese regalo! No trabajó por el regalo ni logró poseerlo por su cuenta; simplemente aceptó el regalo por el que el dador trabajó y que le ofreció gratuitamente. Así como sería justo mostrar alabanza y gratitud al hombre que le dio dinero al pobre, toda la alabanza y la gloria deben darse al Dador que nos ofrece Su don de la salvación por medio de Cristo, el único que realizó a la perfección la obra necesaria para darnos ese don.

Dar alabanza y gloria a Dios por darnos este don (la salvación) es exactamente lo que Dios busca; recuerda que el propósito del hombre es glorificar a Dios. Una de las maneras (si no la mejor) en que glorificamos Su nombre es creyendo en Cristo, de quien Él dice que es Su Hijo y el Salvador del mundo. Creer en Cristo pone a Dios en la posición de poder “cumplir” Su Palabra (salvándonos por medio de Cristo), dándole así la gloria que le corresponde. John Piper lo expresa bien cuando dice: “La fe en la promesa de Dios lo obliga a salvar al creyente, no porque la calidad de la fe sea meritoria, sino porque la fe es el único acto humano que llama la atención únicamente hacia el mérito, el honor y la gloria de Dios, y hacia Su compromiso inquebrantable de mantener esa gloria”.

Entonces, ¿es un don?

Así que ahora, en contraposición a lo anterior, si la fe no es obra de Dios ni nuestra, ¿es un don de Dios? Muchas personas usan Efesios 2:8-9 para respaldar esta creencia: “Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: No por obras, para que nadie se gloríe”. Quienes defienden la idea de que la fe es un don entienden que la frase “y esto no de vosotros” se refiere a la fe como el don. Pero esto es incorrecto, y se puede demostrar analizando la gramática del griego original. Para un estudio a fondo del griego de estos versículos, haz clic aquí.

El idioma griego asigna género a sus sustantivos, tal como lo hacen también el español, el portugués, el italiano, el francés, el alemán, etc. Los tres géneros son: masculino, femenino y neutro. Las palabras “gracia” y “fe” son de género femenino, pero la palabra “esto” es de género neutro; por lo tanto, su antecedente no puede ser “gracia” ni “fe”, porque los géneros deben concordar. La mayoría de los eruditos en griego coinciden en que la frase “y esto no de vosotros” se refiere a la salvación misma, de modo que es la salvación el don que no proviene de nosotros, no la fe.

Otros usan 1 Corintios 12:8-9 para respaldar su postura de que la fe es un don de Dios, específicamente del Espíritu: “Porque a la verdad, a éste es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; A otro, fe por el mismo Espíritu; y a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu”. Pero si uno lee estos versículos en su contexto, quedará muy claro (v. 7) que esta lista incluye dones que son para los creyentes, no para los no creyentes que necesitan fe.

Y algo más en qué pensar: si la fe en Cristo fuera un don de Dios para los no creyentes a fin de que creyeran, ¿no le daría Dios (siendo el Dios bueno que es) este don a todas las personas para que creyeran en Cristo y fueran salvas? Pero esto no es así, ni lo ha sido a lo largo de la historia; y adoptar esa postura llevaría inevitablemente o a la expiación limitada (la creencia de que Dios arbitrariamente salva solo a los elegidos, y posiblemente condena al resto) o al universalismo (la creencia de que Dios salva a todos, tengan fe en Cristo o no). Pero la fe en Cristo es una condición para la salvación que todas las personas pueden ejercer, aunque las personas también son libres de rechazar la fe en Cristo. Este hecho desmiente la idea de que la fe en Cristo es un don de Dios; sencillamente no lo es.

Entonces, ¿qué es la fe?

Como hemos visto que la fe no es ni una obra ni un don, la única pregunta que queda es: entonces, ¿qué es la fe? Bueno, como dijimos en la definición del término, la fe es básicamente confiar en alguien o en algo; es una decisión que podemos tomar o no. La Biblia dice que nuestra fe debe estar en Dios, solo en Cristo. Jesús es lo que los teólogos llaman el “objeto” de nuestra fe. Él es en quien depositamos nuestra confianza, porque solo Él realizó a la perfección la obra que Dios requería; por lo tanto, solo Él tiene verdaderamente el poder para salvar.

La obra de Cristo en la cruz es lo que hace que nuestra fe en Él sea siquiera válida. Supongamos que la obra de Cristo no hubiera sido eficaz; entonces nuestra confianza y nuestra fe en Él serían nulas. Podemos tener fe en muchas cosas que dicen salvarnos, pero si esa cosa no puede salvar, no le echaríamos la culpa a nuestra falta de fe, como si la medida de nuestra fe en el objeto afectara su capacidad de salvar. No, culparíamos de nuestra perdición a aquello que no pudo salvar, porque no tenía poder para hacer lo que decía que podía hacer; pero gracias a Dios, Él es lo bastante fuerte para salvarnos. Por lo tanto, es fácil ver que tener fe no es una “obra” en el sentido de que logre nuestra salvación por sí misma. Pero tampoco es un don.

La fe es esencialmente una decisión que tomamos, una respuesta que damos después de entrar en contacto con la gracia y el amor de Dios, que nos mueven a confiar y creer en Él porque Él es quien dice ser, y hace (y ha hecho) lo que dice que va a hacer. Nuestra fe en Cristo es el medio, el instrumento, por el cual recibimos (no logramos) Su salvación, así como la oración es el medio por el cual Dios obra en nuestro corazón. Nuestra expresión de fe en Dios es el resultado de reconocer que no podemos trabajar por nuestra propia salvación, y que necesitamos Su gracia. ¡Y gracias a Dios por Su gracia!

Que Dios te bendiga mientras meditas en Su gracia, Su misericordia, Su amor y en la obra consumada de Su Hijo. Encuentra tu descanso en Él (Mateo 11:28-30; Hebreos 4:9-10).